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¿Puede lo que vivimos en la infancia influir en nuestro riesgo de demencia?

Foto del escritor: David A. Perez Martinez
David A. Perez Martinez
hace 2 días
3 min de lectura

Nuestra salud cerebral no empieza a construirse a los 50 o 60 años. Comienza mucho antes, posiblemente desde los primeros años de vida.


Cuando hablamos de prevenir la enfermedad de Alzheimer y otras demencias, solemos pensar en factores como la hipertensión, el sedentarismo, la diabetes o el aislamiento social. Sin embargo, cada vez existen más evidencias de que las experiencias vividas durante la infancia también pueden influir en nuestra salud cerebral décadas después.

Un reciente metaanálisis publicado en The Journal of Neuropsychiatry and Clinical Neurosciences (2026) aporta nuevos datos sobre esta cuestión: las experiencias adversas durante la infancia se asocian con un mayor riesgo de desarrollar demencia en la edad adulta.


iNFOGRAFIA SOBRE UNA REVISION SISTEMATICA EL RIESGO DE DEMENCIAS ANTE EVENTOS ADVERSOS EN LA INFANCIA

¿Qué entendemos por experiencias adversas en la infancia?


Las experiencias adversas infantiles incluyen situaciones potencialmente traumáticas, como el maltrato, la negligencia, la violencia familiar, la pérdida de un progenitor o determinadas circunstancias de inestabilidad durante los primeros años de vida.

No todas estas experiencias tienen las mismas consecuencias, ni todas las personas responden de igual manera. Sin embargo, sabemos que el estrés intenso o prolongado durante etapas críticas del neurodesarrollo puede tener repercusiones sobre la regulación emocional, los sistemas de respuesta al estrés y la salud física y mental posterior.

La pregunta es si estas consecuencias pueden extenderse hasta edades avanzadas y contribuir al riesgo de demencia.


¿Qué nos dice la investigación?


Los investigadores realizaron una revisión sistemática y metaanálisis de la literatura científica. De los 2.032 artículos inicialmente identificados, seleccionaron 13 estudios que cumplían los criterios establecidos.

Los resultados mostraron que las personas que habían experimentado adversidades durante la infancia presentaban una asociación significativa con el desarrollo posterior de demencia.

En concreto, encontraron:

  • Un incremento del 54% en las odds de demencia (OR: 1,54).

  • Un aumento del 51% en el riesgo relativo estimado mediante modelos de supervivencia (HR: 1,51).

  • La pérdida de un progenitor durante la infancia se relacionó con unas odds de demencia un 42% superiores (OR: 1,42).

Estos resultados son relevantes, aunque conviene interpretarlos correctamente: no significan que una infancia difícil determine inevitablemente el desarrollo de demencia.

Además, los autores reconocen limitaciones importantes, especialmente el reducido número de estudios incluidos y su calidad metodológica, generalmente moderada.


¿Cómo podría explicarse esta relación?


Existen diferentes mecanismos biológicos plausibles.

La exposición prolongada al estrés durante la infancia podría modificar el funcionamiento del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, favorecer procesos inflamatorios y alterar determinados mecanismos de regulación neuroendocrina.

También podrían intervenir factores indirectos. Las experiencias adversas pueden condicionar la trayectoria educativa, la salud mental, los hábitos de vida y las circunstancias socioeconómicas, elementos que, a su vez, influyen en la salud cerebral durante la edad adulta.

No obstante, estos mecanismos son hipótesis explicativas y el metaanálisis no demuestra una relación causal directa.


La prevención de la demencia empieza mucho antes de lo que pensamos


Desde mi perspectiva, este trabajo refuerza una idea fundamental: la salud cerebral debe abordarse desde una perspectiva de ciclo vital.

Proteger la infancia, promover entornos familiares seguros, facilitar una educación de calidad y atender adecuadamente las consecuencias del trauma psicológico son objetivos importantes por sí mismos. Además, podrían tener repercusiones positivas sobre la salud cerebral futura.

Esto no significa que nuestro destino esté escrito durante la infancia. El cerebro conserva capacidad de adaptación y existen numerosos factores sobre los que podemos actuar a lo largo de la vida.

La principal enseñanza es que la prevención no debería limitarse a identificar factores de riesgo cuando comenzamos a envejecer.


Cuidar el cerebro es una tarea de toda la vida. Y quizá una de las mejores inversiones en salud cerebral comienza mucho antes de que pensemos en la posibilidad de perder nuestra memoria.


Referencia bibliográfica

Logue E, Benge JF, Chung A, Newport DJ, Nemeroff CB. Relationships Among Dementia, Parental Death, and Other Adverse Childhood Experiences: Systematic Review and Meta-Analysis. J Neuropsychiatry Clin Neurosci. 2026;38(4):329–340.

 

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